Literatura Bandera del Esperanto sago

El pecado del talibán.

Tercera parte, Reya.

7 El paladín.

    De repente cambió el escenario. Ya no se encontraba en casa del imán. El Pro Fu ya no estaba. Veía un paraje familiar a las afueras del pueblo. Había un olivo y junto a él pasaba una mujer muy hermosa, decentemente vestida. La conocía. Se fijó y vio que se trataba de Reya. Se acercó hacia donde ella estaba, pero antes de que ella lo viera, la interceptó un joven y hablaron de algo. Ella se quiso dar la vuelta, pero él la sujetó y otros dos hombres se les unieron: dos la sujetaron y el tercero le subió el vestido. Pero recibió una pedrada en un lado de la cabeza. Olivo

«Dejadla, hijos de Satanás», chilló Abdul.
«Tú eres uno y nosotros somos tres».
«Dios y yo podremos con los tres», dijo tirándose encima de uno de ellos, y derribándole lo cubrió de puñetazos. Pero los otros dos lo sujetaron por los brazos mientras el otro le golpeó varias veces con una piedra, hasta que le hizo perder el conocimiento.

   «¡Asesinos!», chilló Reya, «¡Lo habéis matado!»

   Los tres hombres se die­ron cuenta de lo que habían hecho y se fueron corriendo. Reya quedó con él y lo cubrió de besos. Luego vio que respiraba y al poco tiem­po recuperó el cono­cimiento, pero estaba muy débil. Lo ayudó a ponerse en pie y, apoyándose en ella, pudo llegar a casa del mé­dico del pueblo. Este le puso una cataplasma y le ayudó a llegar a su casa. Zulema salió alarmada y una vez puesto el joven a buen recaudo en su habitación, Reya y el médico fueron a ver al juez, que envió al alguacil a detener a los tres jóvenes. El galeno aseguró que el enfermo estaría bien tras una semana de reposo, y entonces el magistrado decidió postponer el juicio hasta que el agredido pudiese testificar, y mientras mantuvo a los tres malhechores encarcelados para que reflexionaran sobre su proceder malvado.

   Reya visitaba a su defensor todos los días, y a medida que él se iba reponiendo, le iba instruyendo sobre las enseñanzas de El Libro. La aleccionó sobre la necesidad de vestir y andar con modestia, e incluso le aconsejó pedir a su padre permiso para vestir burka, a lo que el buen hombre se negó:

   «Si quiere que vistas un burka», le dijo, «que se case contigo y te lo ponga él».

   Cuando Abdul lo supo, consultó a su madre:

   «Madre, me gustaría casarme con Reya. ¿Crees que podríamos convencer a padre para que pida su mano?»

   Zulema mucho se maravilló de que su hijo quisiera sentar cabeza con una buena chica, cuando todos pensaban que se iba a dedicar en exclusiva a la vida contemplativa y la observancia de las leyes de Dios, quizá como derviche o faquir. Corrió al trabajo de su marido a contárselo, y más tarde le aseguraron a su hijo que en cuanto se recuperara irían a pedir la mano de Reya a sus padres

    Cuando se curó, se inició el juicio. Los acusados defendieron que Reya les había incitado al pecado, pero el juez creyó más a Abdul, hombre piadoso, que aseguró que la actitud de la muchacha fue intachable en todo momento y que ellos pretendieron violarla por maldad. El juez los condenó a la horca por intento de violación y de asesinato. Pero Abdul solicitó del juez que en lugar de colgarlos se los desterrase a un lugar alejado del pueblo y que no volviesen nunca, bajo pena de ahorcamiento, porque así estarían a salvo de su maldad de corazón todas las hijas de Dios que vivían en el pueblo. Las madres de los tres muchachos respiraron aliviadas cuando a la pregunta del juez, Reya dijo que Dios es Misericordioso y que ella se sentiría mejor si ellos no morían, porque con su muerte ella no se sentiría mejor. Por lo tanto los tres jóvenes fueron escoltados hasta tres pueblos más lejos del suyo y se les advirtió que si les sorprendían más cerca de su pueblo de origen que donde se les dejaba libres, serían colgados sin juicio previo.

   Al día siguiente Ibrahim y Zulema fueron a casa del padre de Reya para pedirle su mano. Y un mes más tarde se casaron.

    Abdul comenzó a ayudar a su padre en los negocios y se dejó la contemplación mística, a la que se había dedicado desde hacía muchos años. Ya tenía veinticinco, y era hora de sentar la cabeza. El padre de Reya apuntó que le parecía muy poco tiempo de noviazgo, pero Abdul le garantizó que su hija sería la mujer más piadosa del pueblo y que él la cuidaría mientras viviese.

   El desposorio duró tes días, y un invitado especial fue el más rico del pueblo, Abén Abdalá.
«No nos conocemos de nada, Abdul, y aunque tu padre y yo hemos hecho negocios en el pasado, no nos une ningún vínculo de amistad».

    «Abén», dijo Abdul, «he analizado tus métodos y me gustan. Quisiera que fuéramos amigos, y en un futuro me gustaría que fuéramos socios. Y quiero comenzar esta amistad invitándote al acontecimiento más importante de mi vida, mi casamiento. Creo que seremos buenos amigos, a pesar de que nos separen los años».

    Mucho impresionaron estas palabras al solterón ermitaño, pues no tenía amigos en el pueblo, por lo que asistió al desposorio de su nuevo amigo.

   Abdul dispuso que se sentase junto a su padre, y durante los festejos iniciaron una buena amistad ellos dos. La hermana menor de Abdul, Sania, gustó al solterón, y dándose cuenta el contrayente, decidió aleccionarla en los detalles que sabía que le gustaban mucho al personaje, así como en las Leyes de Dios y las virtudes que le harían prudente, modesta y cariñosa.

   Cuando todos los invitados ya habían abandonado la sala del banquete, tres días después de haberse reunido para decir las palabras de rigor y ritual y haber bendecido el imán el matrimonio y haberse firmado el contrato por los esposos y los testigos, llegó la hora de la verdad.

   «Esposa», le dijo, «ve a nuestra alcoba y disponlo todo para tu esposo, que yo quedaré aquí orando para que Dios me ilumine en el momento más importante de nuestras vidas».

   Ella le besó la mano, se inclinó ante su ya esposo y se dirigió a la alcoba que compartiría con él durante el resto de su vida.

   Cuando Abdul llegó a la alcoba, se encontró a su esposa dentro de la cama, pero vestida.
«Mujer, ¿qué haces vestida?»
«Esposo, nunca me vio nadie desnuda. Me da mucha vergüenza».
«Reya, mi dulce esposa», le dijo Abdul con voz quebrada, pero suave, acariciadora, cariñosa, «yo..., yo soy tu esposo. Ante mí no sentirás vergüenza, pues tú y yo somos una sola carne y una sola sangre. Y tenemos que engendrar buenos hijos de Dios. No tengas vergüenza de tu esposo, como tu seno no la tiene de tu mano».
«Sí, esposo. Ya sé que eres mi dueño. Pero me puede el pudor».
«Ven», le dijo él quitando la manta y la sábana de un tirón. La puso en pie y le dio un largo y tierno beso. Le acarició la cara y la espalda, y sin que ella se diera cuenta, él le acarició el sexo y el vientre, y consiguió que el cuerpo de ella reaccionara a sus caricias. Y pronto, sin notar ella cómo ni cuándo, estaba totalmente desnuda ante él. Entonces Abdul tomó la sábana y la lio al rededor del cuerpo de Reya, ocultándola por completo, de la cabeza a los pies. Luego la tomó en brazos y la tumbó sobre la cama. A continuación se desnudó completamente y la deslió.
«Hola, extranjera», le dijo sonriendo. «Quiero conocerte».

   Ella se abrazó a él y entonces él la tomó. Fue gradual, nada impaciente, y la acarició por todas partes, de modo que ella no sintió mucho el dolor, porque estaba teñido de placer. Aún la tomó tres veces más aquella noche, y las tres ella gozó de su orgasmo, que no chillaba, como Zoraida, sino lloraba.

   Y Abdul pasó a ocuparse de los viajes de negocios que hacía antes su padre, pues ya era demasiado viejo para ello. En uno de esos viajes, al sorprenderle una tormenta de arena en pleno desierto y estando los miembros de la caravana sentados en el suelo en círculo dentro del que formaban los camellos, oyó una voz familiar:
«Mucho ha influido en tu personalidad la piadosa Zoraida, noble Abdul».
«¡Oh, piadoso El Pro Fu! Gracias por tu visita. ¿A qué debo el honor?»
«¿Aún piensas que Reya está mejor muerta?»
«Oh, no, El Pro Fu! Es mujer virtuosa que espera darme un hijo dentro de unos meses».
«Eso puede esperar, Abdul, pues la hermosa Zoraida tiene cosas que hacer todavía».

   Y Abdul sintió mucho sueño, y la noche se apoderó de sus ojos y de su alma.

    Y se despertó con el canto del gallo, junto a su marido, el rico Abén Abdalah. Recordó cómo hacía años le había dejado durante unos momentos en casa del Santo Imán Omar para hablar con El Pro Fu, y que en cuanto volvió él les había aconsejado sobre su hija Fátima, a la que habían casado con un buen hombre que la trataba bien y la había cubierto de hijos, sus nietos.

   «Esposo», le dijo a su hombre, que aún dormía junto a ella, «aguarda, que te traigo el desayuno».

   Le trajo leche y gachas, y desnudándose le hizo el amor para mejorarle los buenos días. Treinta años llevaban casados y le había dado ya tres hijos, y aún estaba encinta del cuarto. Pero eso no era obstáculo para que todavía le diese a su esposo lo que ninguna otra mujer pudiera darle, ni aún las hetairas más profesionales.

   Tres meses después parió una nueva niña, a la que pusieron de nombre Sania, como la niña que era hermana de Abdul.

   El tiempo fluía rápido hogar feliz, y cuando Abén era ya octogenario, falleció.

    Ella lo solazó hasta el día anterior. Al amanecer él se sintió mal y ella le atendió con la solicitud de una buena esposa. Hizo venir al médico, que le dijo que el corazón del anciano ya había alcanzado el final de su recorrido. Y a media tarde él fallecía en los brazos de su buena esposa mientras esta le recitaba fragmentos de El Libro de memoria para prepararle para vivir en las praderas del Paraíso junto a Dios y toda la gente buena que le había precedido.

   «Gracias, Zoraida», le dijo a modo de despedida. «Has sido una buena esposa. Dios te bendiga..., Dios te bendice». Y dicho eso, el anciano expiró.

   Zoraida ya era sexagenaria y había pasado las dos terceras partes de su vida con aquel hombre bueno. Y lloró. Lloró sincera y amargamente durante varias horas. Finalmente su primogénito, Alí, se encargó de las honras fúnebres de su padre, que fue enterrado en el cementerio del pueblo.

   Cuando todos se fueron a sus casas, cuando solo quedaban ella y Alí en el cementerio rezando, se les acercó el sepulturero, que se tenía que ir:
«Señora, tengo que cerrar. Por favor, seguidme».

   Mientras Alí salía, ella se rezagó un poco para darle instrucciones al hombre sobre los cuidados periódicos de la sepultura de su esposo.
«Mucho has llorado a tu esposo, señora. Creo que tu aprendizaje ya toca a su fin, y podemos dejar solo al joven Abdul», le dijo el hombre con una enorme sonrisa.
«¡El Pro Fu!»
«Así es, señor. Creo que ahora eres misericordioso más que piadoso. Ahora estás más cerca de Dios. Creo que ya sólo me verás una vez más, quizá dos».

Daŭrigota.

Cuaderno 100 ~ Kajeroj ~ In PDF (página 19ª) ~